viernes, 30 de enero de 2009

Inmigrantes, emigrados, los Idos.

Ser un ido es no ser de ningún lado, o ser de varios.
Hay gente que tiene la dicha de nacer en el lugar al que pertenece, otros, lo encuentran a la vuelta de a esquina o en la primer parada de tren.
Algunos han gastado sus golpes de reloj entre aquí y allá hasta que llegaron a su lugar, y finalmente estamos los nómades, que hemos parado en demasiados lugares sin poder echar raíces en ninguno. Somos los idos.
He sobrevolado laberintos palaciegos, entre candelabros, abracé la aurora en cristales de Checoslovaquia, dormí mi alma en playas cálidas en las que solo habitaba la luna.
Caminé y caminé y caminé, con la frente al cielo en ciudades ultramodernas y el corazón en las manos en pueblos miserables… tantos rumbos en los pies y en el alma. Y cada atardecer y en cada nueva carretera vas juntando y dejando un algo atrás.
Entre tantas ciudades y tanta gente. Los idos tenemos una constante. No somos de ningún lugar. Comúnmente la gente pregunta de dónde somos, en ese momento el ido dibuja una mueca. Del lugar donde nacimos?, del lugar dónde más tiempo hemos vivido?, del lugar donde hemos llorado, donde están nuestros muertos?, soy de aquí, de ahora?.

Ser y estar son cosas bien distintas, aunque los ingleses no se hayan enterado. Ser de allá y estar aquí, o ser de aquí y querer estar allá…
A veces todo se resume en un no estar, para ser. Y la mayor parte del tiempo es ser, más allá del estar.
Lo más difícil de emigrar es estar lejos de la gente con la que crecimos y estar cerca de gente a la que no entendemos, y a veces viceversa, y a veces yuxtapuesta.
La soledad me sobrevuela.
No es una soledad general, del descontento, ni de angustia, es la soledad de este o de aquel, de tal o cual. La soledad de la charla con mate con aquella amiga del alma, la soledad de la comida de mamá, la soledad de una sonrisa. Y en general a los emigrados, inmigrantes, no es una soledad que nos pese como una mochila, sino, más bien como una aureola, ahí, sobre la cabeza, sin peso, sin punto de apoyo, sin retroalimentarse de nada del yo, pero pese a ello, está. Simplemente está. Y se aprende a vivir con ella, y se la lleva todo el tiempo, a veces, sin darse cuenta.
Sin embargo un día, porque volvimos a un lugar al que conocemos bien, pero al que ya no pertenecemos, o porque alguien del pasado nos visita en este lugar en donde estamos, pero al que tampoco pertenecemos, la luz de la aureola se hace sombras, se filtra hasta la garganta, se anuda, y sigue bajando, se agolpa en el pecho y estruja el alma, de tal manera que hace brotar dolor líquido de los ojos.
Ahí se vuelve angustia y dolor corpóreo, tangencial, presente y un frío escalofrío marca la línea de la espalda.
Un segundo de debilidad al que nos permitimos llamar, “extraño”, que también quiere decir ajeno.

Uno se esfuerza en conservar imágenes de la gente querida, y habitualmente descubro cierto rasgo común, que llamo el ”síndrome de los idos”, consiste en la certeza, o más bien, la ilusión, de que todos los seres a los que conocimos y quisimos están congelados en el lugar en el que los vimos por última vez. Volver, y descubrir que se han movido, que han cambiado, aviva el fuego de la angustia y la nostalgia. El ardor de extrañar.
Nunca vuelve el que se va, el que vuelve es siempre otro, que tampoco puede volver al mismo lugar del que se ha ido, aunque crea que sí, esta volviendo a un lugar que ha cambiado en su ausencia, entonces uno se queda en la nada, con al alma pegada a lugares y gente que ya no existen, con un pie aquí y otro allá de la encrucijada.
El sol sale y se pone todos los días como en una historieta.
Y el ido vive el aquí y el ahora con una intensidad abismal.
Sin embargo, de tanto en tanto, una gota del pasado se hace carne, un gramo de todo lo que hemos abandonado se hace presente y luego se va, dejando solo tristeza.Al ido siempre le falta algo, alguien.Hoy se fue mi mamá, se fue literalmente, volvió a su casa. Y hoy me pesa todo lo que extraño. Y extraño. Los extraño. Sin embargo cuando voy a verla yo, me quiero volver, porque también extraño.
Hoy lloro. Perdón por la tristeza. Hoy lloro y comparto con ustedes, algunos idos como yo, y otros tantos que se han quedado, el dolor de esta noche gris.
Finalmente, esta carta no es un pedido de auxilio, es una expresión. No concibo emocionarme sin escribir, ni se escribir si no estoy emocionada.
Esta carta es catarsis, porque estoy triste, mi mamá no está acá, para decirme “andá a dormir”, como mucha otra gente a la que quiero, que está, pero no está en ese día a día simple que alimenta las relaciones y que también alimenta el alma. No estar resume la sensación, concentra la angustia, explica el sabor de las lágrimas...
Escribo simplemente porque necesito decir que en estos momentos, más que en cualquier otro, extraño y confirmo por qué evito las despedidas. Siempre habrá tiempo para nuevas despedidas.
Y esa idea tampoco me conforma. Hoy estoy triste, apagada y solitaria, aunque haya mucha gente a mi alrededor, hoy me siento sola de muchos otros y extraño. Esta no es una nota como las otras. Es solo una voz al aire.
También escribo para decir a aquellos que extraño, que los amo.

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